Gracias a John Wycliffe..

La palabra del Señor permanece para siempre.Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.
1 Pedro 1:25
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En el siglo XIV poca gente sabía leer. En las abadías se hallaban raras copias de la Biblia en latín. En Inglaterra, un brillante estudiante, John Wycliffe, se volvió a Dios durante una terrible epidemia de peste en 1345. 

Decidió traducir las Sagradas Escrituras al idioma popular de su país: el inglés. Conocía el poder de esta Palabra para salvar, edificar, corregir y consolar. 

Trabajó en esto durante diez años y con la ayuda de algunos amigos copió todo a mano, porque la imprenta aún no existía. Esa traducción fue acogida con gran interés. Cuando él murió, numerosos cristianos continuaron su trabajo copiando y difundiendo la Biblia.

Hoy en día, centenares de traductores indígenas, ayudados por expertos extranjeros, tienen como meta poner en manos de millones de personas la Biblia o por lo menos una porción de ésta en idiomas nativos. La traducción de la Biblia a un idioma dado es un trabajo largo y lento, que necesita mucha dedicación y dependencia del Espíritu Santo.

La Biblia está traducida, toda o en parte, a más de 2.400 idiomas o dialectos (datos del 2006), pero todavía falta por traducir por lo menos igual cantidad. Mediante el empeño de sus hijos, Dios trabaja poderosamente en esta obra. 

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos… discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).